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CONCLUSIONES DEL CONGRESO 07
"Prevención de Violencia de Género" nuevos análisis y actuaciones
En concordancia con los objetivos marcados, nuestras conclusiones del Congreso “Prevención de Violencia de Género” no hacen sino profundizar y afianzar más unas propuestas de investigación, actuación y comunicación, con la voluntad de seguir desarrollándolas en posteriores actividades y eventos. El Congreso ha contribuido a aportar una mirada más analítica sobre la violencia de género, aportación tan difícil como necesaria por un mismo motivo, el hecho de tratarse de un fenómeno social tan complejo como dramático.
Desde esta mirada analítica se deriva la necesidad de constatar posibilidades de prevención muy diversas, que se englobarían en dos tipos básicos, una prevención sobre los efectos y una prevención sobre las causas de la violencia de género. Esta distinción puede ilustrarse con un símil: ante una enfermedad, gracias a la calidad de los servicios y medios médicos, se puede evitar el agravamiento y en última instancia la muerte del paciente. Pero sólo se puede hablar realmente de prevención cuando de lo que se trata es de evitar contraer la enfermedad.
En pocos años, menos de una década y sobre todo a partir de la Ley Integral del 2004, se han establecido mecanismos judiciales y asistenciales para perseguir los agresores y proteger a las víctimas de violencia de género. Se trata de prevención sobre los efectos, inclusive todo lo que son medidas penales puesto que la ley no sólo castiga sino que pretende disuadir.
Evidentemente hay que seguir mejorando y perfeccionando la calidad de estas actuaciones, invirtiendo recursos en la formación de los profesionales, así como en la coordinación de los servicios y el control y seguimiento de los casos de violencia de género, como indicaba un reciente estudio realizado por el Instituto Genus. Pero también se impone un momento de reflexión para recobrar el sentido de lo que estamos buscando, que no es que hayan muchos juicios, muchos agresores detenidos, muchas víctimas por proteger... Se impone actuar no sólo contra la violencia de género sino para que haya menos violencia de género, porque efectivamente todos compartimos un mismo objetivo que es erradicar esta lacra social.
Por realismo, erradicación es prevención, una prevención bastante más de fondo y de base que la que hasta ahora se está llevando a cabo. Hay que suponer que todo llegará, pero también habría que sacar de los análisis y datos sobre violencia de género una orientación más efectiva de recursos para no caer en falsas esperanzas o en constataciones de impotencia.
Una mirada más analítica y más preventiva se requiere muy especialmente en un tipo de violencia en que el agresor y la víctima conviven, en que incluso mantienen relaciones de complementariedad y dependencia psicológica mutua, por no mencionar lazos económicos y familiares; sumemos a eso la dificultad que supone para la mujer romper el silencio y denunciar el maltrato, o el peligro incluso que comporta para ella hacerlo, así como el incumplimiento frecuente de las órdenes de alejamiento por ambas partes, etc. Si las cifras de víctimas mortales no bajan, también hay que añadirle una lógica diametralmente opuesta: el progresivo éxito de la emancipación de la mujer; de la ruptura de dependencias y sumisiones respecto al hombre surgen reacciones más violentas.
Es una evidencia que la sociedad padece actualmente de una sobreposición de realidades y discursos distintos, derivada de la evolución de una sociedad patriarcal-jerárquica a una sociedad democrática-igualitaria. El poder, en el sistema jerárquico de clases, no se podía ni se debía compartir, había que tener alguien por encima que nos mandase y alguien por debajo a quien mandar, y la dualidad hombre-mujer no hizo sino constituirse en una clase más de seres superiores e seres inferiores. Con esta fórmula eficazmente simple de mando, la humanidad salió del matriarcado igualitario de las sociedades primitivas, para extenderse y consolidarse en forma de civilizaciones complejas.
El paso a una sociedad de la información y los retos que plantea la globalización da lugar a un nuevo nivel de complejidad social, para cuya gestión, la extensión de derechos e igualdades se convierte, al contrario que en los inicios de la civilización, en un sistema más útil y eficaz. Actualmente nos encontramos en este estadio de aprender a cultivar y aplicar una extensa gama de valores mucho más transversales: la cooperación, la solidaridad, la simbiosis con la naturaleza, y la autonomía personal. Pero debido a su procedencia patriarcal, en el sistema democrático no sólo perduran mentalidades y actitudes del sistema anterior sino que al mandato jerárquico debemos buena parte de nuestras estructuras de organización empresarial y de poder político. Eso sí, tenemos un sistema de clases abiertas que se apoyan en la riqueza y posición social del individuo, ya no en motivos de raza, género, religión ni procedencia, aunque en la práctica todavía son factores que cuentan en la igualdad de oportunidades.
Tendemos a obviar la complejidad de los tiempos que corren y a pensar que por el hecho de que lo diga la Constitución el discurso de la igualdad tiene que corresponderse punto por punto con la realidad. El problema es tanto para los que nos identificamos con el discurso de la igualdad y la evolución igualitaria como para los que no se adaptan a ellos.
La inadaptación del individuo a un tipo de sociedad abierta parece obvia. Hay muchas personas, pero también grandes grupos sociales, que se encuentran prisioneros de una conciencia tribal, de jerarquía y dominación, bien sea por el peso de la educación recibida, y por tanto no saben ver las cosas de otra manera, bien sea por puro cinismo; sería el caso de la persona o el partido político que actúan conscientes de que la dominación y la manipulación no son un sistema justo, pero a ellos “les va bien así”, les resulta mucho más útil para sus intereses. Esto explicaría muchos casos de violencia de género que encontramos en gente culta, con estudios superiores, con profesiones reconocidas. Para el maltratador cínico no se puede hacer nada seguramente.
Ahora bien, hay muchos hombres que en el paso de aquella sociedad patriarcal a una sociedad de evolución igualitaria, lo que experimentan es una confusión total, una pérdida del sentido de sus vidas. Perciben la emancipación de su mujer como una traición a las reglas y roles sociales, éstos que ellos se han esforzado en cumplir, inhibiendo su parte emocional y desarrollando su agresividad. No se han individualizado, no han accedido a una conciencia individual de sí mismos. Por decirlo en términos de Análisis Transaccional, no han desarrollado un “adulto” (razonamiento) que pueda dialogar con el “niño” (deseos, emociones, miedos) y el “padre” (las normas de la sociedad y la familia). Pero tampoco tienen un verdadero niño ni un verdadero padre, los tienen de prestado: es el niño de la educación recibida y el padre de las reglas recibidas. Sus emociones no están integradas en su personalidad pero tampoco sus normas, la persona se vive a sí misma como un rol social. Es el soldado de antes o el terrorista de hoy, que pueden dar su vida sin saber si realmente quieren y creen en la causa. Hoy en día la no integración de normas es evidente cuando en medio de una catástrofe se desencadenan actos de pillaje. Las normas a las que se obedece son exteriores a la persona, ya no se siguen al desaparecer la organización, la autoridad.
Por otro lado, vamos a ver el problema de las personas y los grupos sociales que están en desarrollo de una conciencia individual, una conciencia crítica y autocrítica, una conciencia de la relatividad social y humana. El problema básico estaría quizá en que no sabemos distinguir suficientemente entre ideales y realidades. Creemos en la igualdad, en la libertad, en la solidaridad, y pensamos que somos igualitarios, libres, solidarios. Olvidamos que estamos en proceso de aprender a serlo. Un ejemplo ilustrativo sería el posicionamiento que tenemos respecto a los países que no han evolucionado en gobiernos democráticos, un posicionamiento mucho más de superioridad que de ayuda al desarrollo. Nosotros somos los “avanzados”, ellos los “retrasados”. Les exigimos que se hagan demócratas, olvidando que nosotros lo somos desde hace poco tiempo y en la práctica de un modo bastante imperfecto. Resumiendo, tendemos a actuar como si ya fuéramos la encarnación misma de la igualdad, la justicia y la razón, y de ahí que inesperadamente volcamos de unos principios de conciencia individual a los principios típicos de dominación.
El hecho de disfrutar de un estado de derecho, este gran logro de nuestras democracias, no impide que nuestra sociedad sufra violencia, como en otras épocas de nuestra historia que tenemos por más brutales. Los conflictos colectivos parecen haber dado paso a brotes de violencia individuales, aunque con una regularidad que puede llegar a ser casi epidémica. Especialmente la violencia de género cuya cifra de víctimas mortales no es sino la punta del iceberg del terror que viven miles de mujeres atenazadas por maltrato físico y psicológico. Sin embargo, además de la violencia de género, hay preocupación y alarma por otras formas de violencia, acoso o maltrato, como las que llamamos bullying o mobbing. Como en el caso de la violencia de género, estos fenómenos, a pesar de su reciente acuñación, no son fenómenos nuevos sino que lo que ocurre ahora es que su gravedad es percibida y reconocida. Otra cuestión es si aumenta o no la gravedad de estas violencias, aspecto difícilmente evaluable debido a que antes los casos de violencia existían sin ser objeto de noticias y valoraciones como lo son actualmente. En líneas generales, la era de la información y el bienestar conlleva mucha más conciencia, actuación y respeto por los derechos humanos. Pero por otro lado, tenemos un grado de complejidad social que dificulta las relaciones humanas. Ello favorece muchas formas de inadaptación social, que tanto se puede traducir en depresión, ansiedad y suicidio como en violencia dirigida a los demás.
Actualmente la gravedad del fenómeno de la violencia de género y la necesidad de actuar contra ello está induciendo a una cierta simplificación de su naturaleza y sus causas, con el etiquetaje de “violencia machista”. El maltrato psicológico y físico se da también en parejas homosexuales masculinas y femeninas. También hay mujeres que maltratan a los hombres. Un porcentaje significativo corresponde a niños que maltratan a sus madres y abuelas. Hay padres que maltratan a sus hijos varones y otros que maltratan a sus hijas. Hay adultos que abusan sexualmente tanto de niñas como de niños, etc. El mobbing y el bullying tampoco entienden de razones de sexo. El denominador común de la violencia es una relación de dominación, aquí y ahora y en cualquier otra época y lugar del mundo. Pero el contexto da a la relación de dominación un sentido muy distinto. En una sociedad de dominadores y dominados, la relación de dominación no sólo es considerada normal sino que forma parte de la funcionalidad del sistema. En una sociedad de ideales igualitarios, es signo de inadaptación. Por otro lado, la relación de dominación sirve para tapar un conflicto humano, que en el primer caso, se apoya en el sistema social (tan sólo es abuso de poder), y en el segundo caso, choca con el sistema social, es decir deviene un problema personal.
Sin embargo, los problemas personales de los violentos se alimentan de las contradicciones de nuestro sistema actual. La sociedad ha desarrollado nuevos valores y normas de convivencia, porque sin duda los necesita para poder sacar adelante la civilización ante los nuevos retos sociales y medioambientales. Pero por otro lado, produce relaciones humanas más fragmentadas y más incomunicación. En realidad lo que se ha desarrollado es el individualismo, en vez una verdadera cultura de la individualidad que favorecería esas relaciones de comunicación y de solidaridad en los que creemos. De nuevo nos topamos con la distorsión entre los valores humanitarios que circulan por el exterior de la sociedad y los comportamientos individuales. Pero no nos llamemos a engaño, el individuo es el elemento celular que reproduce a escala micro el funcionamiento del organismo social. Ejemplos de ello son el derroche de energía, la destrucción de la naturaleza, el consumismo desenfrenado, la publicidad engañosa, la manipulación política, la explotación laboral en el tercer mundo, el entramado de intereses multinacionales, las intervenciones militares geopolíticas, etc. Del mismo modo que las “bombas de Irak” estallaron en Madrid, puede decirse que la conflictividad de nuestro sistema estalla en las personas.
Las relaciones de dominación no han sido verdaderamente remplazadas por relaciones de comunicación, y en general, estamos lejos de una verdadera apropiación y asimilación, social e individual, de las nuevas normas y valores de convivencia. La autoridad de estas nuevas normas y valores puede llegar hasta a desaparecer en el ámbito privado del individuo. El no man’s land de la intimidad (en el caso de la violencia doméstica) y de la proximidad (en el caso del acoso laboral o escolar) es el lugar idóneo para el individuo que da a sus conflictos y frustraciones personales una salida agresiva. Cargar contra una persona íntima o una persona próxima, ahí está la clave del problema, que subyace en toda violencia de relación personal. Se suele confundir, especialmente en la violencia de pareja, el modo cómo se presenta y la denominamos -el género, el machismo- con la causa de esta violencia. El maltratador no agrede a su pareja por ser machista sino para compensar su malestar, y lo hace recurriendo a los materiales de dominación “ya hechos” que tiene a su alcance. No tendrá que cavar mucho para encontrar el machismo ya que la sociedad de consumo todavía se basa en buena parte en la publicidad del hombre duro y la mujer objeto, el sexo fuerte y el sexo débil. Por ello, es verdad que la cultura facilita la salida agresiva de sus conflictos más al hombre que a la mujer. Pero por ello también la mujer dominante o agresiva en casa o en su vida social, utiliza los mismos patrones de conducta patriarcal machista. Así tendríamos que acabar empleando el término machista en agresiones de mujer contra hombre, entre mujeres, y entre hombres, y no sólo de hombre contra mujer. El género sólo es importante en la medida en que una gran mayoría de relaciones de pareja son heterosexuales y que aún hoy en día los comportamientos de dominio también mayoritariamente se fomentan en el hombre. De este modo, el término violencia de género tiene una neutralidad mayor que el de violencia machista. Al definir un acto como violencia machista, lo que se está haciendo es resolver expeditivamente el caso. El agresor es machista y nada más hay que decir ni diagnosticar. Es un ser exterior a nuestra sociedad actual, un retrasado cultural, una fiera peligrosa del que hay que huir o encadenar. Por tanto, se trata de un comodín que no sirve ni para erradicar la cultura machista ni los conflictos de convivencia que reactivan cualquier comportamiento de dominación agresiva. Es un exceso de activismo entorno a una causa que puede incluso desembocar en nuevos automatismos de confrontación social y de venganza de género, o simplemente en los estereotipos de siempre (“todos los hombres son iguales”, “estas mujeres siempre se quejan”...)
En resumen, para “prevenir en vez de curar” se requiere abrir procesos de trabajo que favorezcan el análisis sobre las causas individuales de violencia y también la comunicación con la persona conflictiva. La ley y el orden no pueden sino ser generalistas, pero además de jueces y policías, la sociedad necesita médicos, psicólogos, asistentes sociales, políticos y periodistas que desarrollen su propia óptica profesional para contribuir a prevenir la violencia de género. Por otra parte, habría que esforzarse en proyectar en la sociedad imágenes no simplistas de la conflictividad. Hemos pasado de considerar el homicidio de mujeres en manos de sus parejas como “crimen pasional” a limitarnos con tacharla de “violencia machista”. Asimismo queda mucho trabajo por hacer para mejorar la comunicación social de los nuevos valores y normas de convivencia igualitaria y solidaria. Quizá habrá que poner ya algunos cotos a los estereotipos de género y agresividad que una buena parte de la producción publicitaria, cinematográfica y la industria del juguete infantil siguen reproduciendo, y con más impacto que nunca. Pero no nos engañemos, la “cultura” ante todo refleja lo que existe y no sólo lo consolida. Así que es tarea de los intelectuales, investigadores y artistas, comunicadores y profesionales de toda índole, trabajar para divulgar una nueva cultura, participando más activamente en la vida pública y conectando más intensamente con la gente. Hay que dejar de usar los nuevos valores y normas de convivencia como palabras huecas y hacer más comprensible la verdadera funcionalidad que podrían cumplir en una sociedad tan compleja como es la nuestra del siglo XXI. Pero ello no será posible si no llegamos a fortalecer la individualidad de las personas, convencer sobre la importancia de cada ser humano y de sus actos, su pasado, la conciencia de sus conflictos y sus posibilidades de cambio. Desde una individualidad más fuerte, las personas pueden dejar de ser, actuar y percibirse como enemigos.
Se requiere una mirada más analítica enfocada al individuo y a la sociedad, en su interacción, y también una mirada no sólo más pedagógica sino autopedagógica. Deberíamos dejar de lado discursos meramente moralizantes y dejar de entender por educación, exclusivamente la educación de los niños y los jóvenes. No es cierto que la prevención de la violencia deba empezar con ellos; puesto que los adultos somos esenciales en la reproducción de modelos durante la infancia y la adolescencia. Si nosotros damos 20 pasos en vez de 2 ellos darán 30 más en vez de 3. Debemos trabajar para desarrollar una reeducación permanente. La violencia no es el problema exclusivo de las personas que la sufren o la provocan sino que se nutre de problemas de comunicación y convivencia que todos debemos y podemos aprender a resolver mejor.
Isaura Brugalla, historiadora y presidenta de la Associació Prevenció de Violència de Gènere
Jean-Claude Frappant, psicoterapeuta de AT y presidente de la Asociación de Análisis Transaccional
de los Roles
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